La Subasta – Pacto TG

69 La Subasta - La Subasta - Pacto TG

 

Apenas quedaban 2 horas para que terminara el plazo y Jack continuaba sentado, tranquilamente, mirando como vaciaba los cajones en mi búsqueda desesperada.

Cuando accedí a rentar mi cuerpo durante una semana no necesitaba el dinero. Simplemente quería poder pagar mis caprichos sin necesidad de pedirle a mi padre. Se realizó una subasta bastante animada en Internet y todos nos sorprendimos de que el ganador fuera Jack, un hombre gordo, bajito y mayor de 50 años. Un hombre que había vendido su casa, su coche y usado todos sus ahorros para ganar la puja. No me importó, en una semana me iba a pagar más dinero que el que me daba mi papá en un año.

Las condiciones del cambio de cuerpos eran idénticas para los dos. El intercambio se realizaba por medio de la magia de los anillos del cambio. Los anillos eran unas ancestrales rarezas que al usarse al mismo tiempo por dos personas permitían que estas intercambiaran sus cuerpos. Para evitar el robo de personalidades o fugas, yo no tendría acceso al anillo de Jack y Jack tampoco podría tener acceso al mío y dispusimos medidas de conexión remota para realizar el cambio de cuerpo incluso a miles de kilómetros. La condición más importante, en la que exigí la máxima dureza, era la obligación de presentarnos a los 7 días exactos de la firma del contrato en la notaría, con los anillos del cambio para devolver los cuerpos. En caso de retraso se podría exigir el pago de una multa y en caso de ausencia o pérdida del anillo se podría forzar la devolución del cuerpo original utilizando la conexión a distancia o quedarse, para siempre, con el cuerpo y la vida del huésped. Nada más firmar el contrato recibí el dinero y me dispuse a dilapidar lo que acababa de ganar.

En el contrato no figuraba que no pudiera emborracharme hasta perder el conocimiento. Y a eso me dedique. Llegué a tomar casi litro y medio de whisky antes de caer al suelo vomitando, no me gustó la experiencia y decidí no repetirla. El día siguiente lo gasté en pasearme por la calle desnudo, me detuvo la policía y pasé lo que quedaba de tarde en el cuartelillo de la policía. Al tercer día, hice la mayor comilona de mi vida engullendo tan sólo salchichas, bacon y cerveza, me encontraba tan pesado después de tanto tragar que decidí que esta era otra experiencia que no quería repetir. Al cuarto día quise comprobar si era capaz de hacer funcionar sexualmente mi cuerpo masculino, así que entré al puticlub más caro de la ciudad. El sexo como hombre no está mal, pero me gustaba más como mujer. De todas formas, repetí al día siguiente, pero esta vez quería probar algo nuevo. Llamé a la encargada del burdel y le pedí que me recomendara una chica y una experiencia extrema. Me avisó que el servicio que me iba a ofrecer era muy caro, y que le chica que lo realizaba era excepcional y que sólo trabajaría si tenía bastante dinero para pagar su precio. Contesté que no me importaba el dinero, que sólo me quedaban 2 días y quería gozarlos al máximo.

La encargada me dijo que la siguiera hasta una habitación al fondo del pasillo Abrí la puerta y cuando entré me quedé con la boca abierta. En la habitación no había ningún mueble, ni siquiera una cama y sólo estaba una mujer con una cadena de acero enrollada en su cintura. La figura de la mujer era espectacular y resaltaba por el cuero negro que la cubría. La máscara que oprimía su rostro tan sólo tenía dos agujeros diminutos para los ojos y una abertura horizontal para la boca. Me agarró del pecho con sus uñas anilladas, y me arrastró hacia ella, se agachó, sacó la lengua por la rendija y comenzó a jugar en mi sexo. De nuevo se levantó, me piso con los tacones de sus botas y cuando abrí la boca para gritar me mordió los labios.  Me susurró al oído que iba a conocer los mayores placeres del cielo por medio del dolor. Tirando del pelo me arrastró por el suelo, desenredó la cadena de su cintura, con unos pequeños candaos ató mis muñecas y me encadenó a una argolla en la pared. Cuando comprobó que no podía escapar me dijo: “Ahora empieza la diversión”. Es imposible contar con acierto como se puede mezclar el dolor y el placer de una forma tan intensa y absoluta. Fueron más de tres horas de tormentos salvajes y goces celestiales. Al llegar la noche estaba física y sicológicamente destrozado, pero no quería que parara. Le dije que todavía me quedaba un día para que me martirizara y que le pagaría lo que quisiera por otra hora como esta.

Esa noche casi no dormí, me dediqué a prepararme para otra sesión de sado-maso con la enmascarada.  Cuando amaneció, el último día antes del cambio, , me dirigí al burdel, saludé a la encargada y entré a la habitación de la encapuchada.   Allí estaba ella, esperándome.

Lo primero que hizo fue atarme al muro de la pared, me abofeteó y cogiendo un cuchillo gigantesco me lo puso en la garganta, la escuché reírse y con la otra mano se arrancó la máscara. Era mi propio rostro, la enmascarada era Frank vistiendo mi cuerpo. No pude soportar el pánico y grité con todas mis fuerzas, en las habitaciones de al lado se escucharon carcajadas de gente que bromeaba sobre mis gritos. Sin duda pensaban que había llegado al climax del placer.

Con la punta del cuchillo jugó a romper mi ropa y a arañarme con su borde. Me dijo que ahora podía matarme y si lo hacía se quedaría con mi cuerpo para siempre. Pero luego me tranquilizaba. No lo haré, probablemente podrían demostrar que yo te hice las heridas. Pero me cortó en el pecho y me hizo sangrar durante horas. Si el día anterior había disfrutado de un dolor que me hacía sentir vivo, esta vez disfruté de un dolor que me llevaba al borde de la muerte. Con la pérdida de sangre, iba perdiendo fuerzas, me costaba trabajo no desmayarme, hasta que Jack se acercó, me quitó el anillo de mi mano y me dijo que se lo quedaba, también se quedaba con mi cuerpo y mi vida. Se cambió rápidamente de ropa y ya se marchaba cuando se me acercó. Me dio las gracias por un cuerpo tan joven y tan bello. Me agarró del pelo y me dio un último beso de despedida. Noté su saliva en mi boca y como mordía mi lengua hasta que casi la cortaba. Tuve que tragar la sangre para no ahogarme mientras ella escarbaba con su lengua en las heridas de mi boca. Hasta que, por fin, separó sus labios de los míos sonriendo. Me hizo un gesto con la mano y se marchó.

Estaba tan dolorido y cansado que dormí hasta avanzada la mañana del día acordado para devolver los cuerpos en la notaría. Pero ya no tenía el anillo. Corriendo marché a la casa de mi padre, donde residía Jack en mi cuerpo, y empecé a revolver los armarios. Jack en la silla me miraba fijamente, mientras yo vaciaba cajones buscando el anillo. Apenas quedaban 2 horas y debía encontrarlo o perdería para siempre mi cuerpo.

Por fin, Jack me dijo, No vas a encontrarlo, no lo tengo yo, prometí que no te lo quitaría y no te lo he quitado. Lo tienes tú. Volví a mirar en mis bolsillos y carteras, pero no estaba allí.

Mientes, le dije. No miento respondió. ¿Recuerdas el último beso que te di? ¿Recuerdas que te mordí la lengua y tragaste sangre? Yo llevaba el anillo en mi boca, con mi lengua lo moví a la tuya y te lo tragaste con la sangre. Como se acordó en la notaría, no te he quitado el anillo, siempre lo has tenido tú. Pero puedes recuperarlo. Abrió el bolso y extrajo el cuchillo de la noche anterior y me lo puso en la mano. Tienes 2 horas para abrirte el estómago y recuperar el anillo.  Si lo haces perderás tu cuerpo por maltratar el mío y si no lo haces perderás tu cuerpo por no tener el anillo. TU DECIDES.

Se levantó de la silla, se puso el bolso sobre el hombro izquierdo y dando un gran portazo se marchó a la cita con el notario.