La Pintora – Pacto

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¡Qué sensación tan maravillosa la de la creación! La de hace belleza, la de pintar.

Madeleine siempre había una chica ambiciosa. No se acostumbraba a la pobreza, a no ser reconocida y tampoco admirada. Madeleine era guapa pero no bella, tampoco tenía dinero, todo en ella era demasiado común. Sin embargo, sí que tenía un talento descomunal para la pintura. Su sentido del color era simplemente deslumbrante, sus trazos enérgicos e innovadores.

La primera vez que vi uno de sus cuadros me quedé boquiabierto, estaba ante la obra de un auténtico genio, alguien que era capaz de mostrar un universo personal que tan sólo ella era capaz de ver.

Me imaginaba que alguien capaz de hacer esos cuadros debería tener una personalidad arrolladora, una mente sosegada y un espíritu tranquilo y en calma. Necesitaba conocerla, así que la busqué durante horas con la única ilusión de poder hablar con ella y, por fin, cuando la encontré me quedé desilusionado. Era una persona desalmada, egoísta y triste. Frustrada por su ambición parecía sufrir constantemente y me di cuenta que no estaba a gusto consigo misma.

Me contó que su vida era un desastre, que a veces pensaba en el suicidio y que no merecía la pena pintar porque nunca se haría rica de esa forma y tampoco lograría ser famosa. Me siguió diciendo que me envidiaba, que yo lo tenía todo, pertenecía a una de las familias más influyentes del país y además tenía dinero para comprar cualquier cosa que deseara. Me dolió mucho que me admirara por eso, yo tenía fama, dinero y poder, pero no lo había conseguido con mis manos, todo me había llegado por herencia familiar. Ella, sin embrago, tenía el poder de los dioses, ella era capaz de crear belleza.

Le pedí una cita para una semana después con la promesa de que iba a cumplir todos sus deseos. Y nos citamos en su estudio exactamente siete días después.

Esa semana la dediqué en viajar a Suiza para recoger, de la caja de seguridad de un banco de Berna, la joya más preciada de mi familia y el origen de nuestra fortuna, los “anillos del cambio”

Exactamente siete días después estaba en el estudio de Madeleine. Era una sala diminuta pero soleada y Sophie estaba allí sentada, manchada de pintura ante un cuadro inacabado y con la misma cara de enfado de siempre.

Le dije que le ofrecía mi vida, lo que ella más ambicionaba, le ofrecía fama, dinero y poder. Para ello tan sólo deberíamos intercambiarnos y a continuación le hablé de los anillos y su mágico poder para cambiar de cuerpos. Madeleine al principió sonrió y después se carcajeó al escuchar mi historia, pero viendo mi aspecto serio y seguro se convenció de la voracidad de mi historia.

Me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Hagámoslo”

Y lo hicimos. Ella se colocó un anillo en un dedo de su mano izquierda y yo hice lo mismo en la mía. En unos segundos habíamos cambiado de cuerpo y yo estaba sentado en una banqueta delante de un cuadro a medio terminar y sentí el olor y el tacto de la pintura en mi cara y en mis manos. Miré a Madeleine que parecía absolutamente feliz, tras tocarse la cara lo siguiente que hizo fue sacar mi cartera del bolsillo interior de la chaqueta y observar con la boca abierta mis tarjetas de crédito. Se la veía absolutamente feliz, había logrado el gran objetivo de su vida. Me cogió de la mano, que yo notaba tan frágil y retiró el anillo de mi dedo, mientras decía “esto es propiedad de mi familia, así que me lo llevo “Ni siquiera se despidió, se marchó pegando un portazo mientras gritaba que odiaba la pintura y que nunca más volvería a saber de ella.

No me importaba, yo había sido el más beneficiado, por unos inútiles bienes materiales había logrado la inmortalidad. Ahora era una diosa y me puse a hacer lo que hacen los dioses. Cogí el pincel y continué el trabajo donde lo había dejado Madeleine. Sentí, por primera vez en la vida, como llegaba la inspiración y mi mente llenándose de imágenes maravillosas y mis ojos de colores mientras el pincel corría por el lienzo llevado por mis dedos tan finos.

Fue el día más feliz de mi vida y el principio de mi carrera como artista.

Yo, Madeleine la pintora, era una mujer feliz.